En peligro
Con gran afán comenzaron a construir su casa, sin saber que el lugar que habían elegido no era el más apropiado, porque otros habían intentado construir las suyas en ese mismo lugar sin éxito. Pero ellos, ajenos a esto, llevaron a cabo la obra con la ilusión de que cuando llegaran sus hijos al hogar, estuviera lista para acogerlos y darles calor. Y con afán cada día amontonaban trocitos de barro mojado, que, cuando se secara, daría cobijo a sus seres más queridos.
Ese lugar estaba maldito, a pesar de que reunía todas las condiciones para hacerlo habitable, porque la mano cruel de un enemigo , a quien no le interesaba tenerles cerca, el año anterior había destruido otra construcción similar, que otros habían intentado levantar en ese mismo lugar. La golpeó , con todos sus inquilinos indefensos en su interior, hasta que consiguió destruir lo que había sido hecho con tanta dedicación. Cuando regresaron los padres y vieron que su hogar había sido aniquilado, lloraron amargamente, dieron vueltas sin sentido en un intento fallido de encontrar a sus hijos con vida. Y cuando ya no tenían más fuerza para seguir buscando, dirigieron su mirada hacia el suelo y los vieron allí, tendidos en el suelo, indefensos y sin vida. Sus cuatro polluelos, que habían dejado al abrigo del nido mientras buscaban sustento, yacían muertos junto a la acera de la casa donde habían construido su nido, pensando que allí estarían a salvo.
María Calamidad vivía en esa casa y, con gran horror, comprobó que nuevas golondrinas habían hecho su nido en ese mismo sitio maldito, porque seguro que la misma mano, despiadada y cruel , volvería a destruirlo, y se sintió impotente sin saber qué hacer. No conocía la manera de avisar a las golondrinas de que se marcharan de allí y sabía que si se quedaban, sus polluelos quedarían abocados a una muerte segura. Solo le quedaban dos soluciones, avisar a la persona que con tanta maldad había destruido el nido el año anterior, y esperar que tuviera compasión, perdonándoles la vida, ó que el vecino no se presentara en la casa (ya que solo iba algunos fines de semana al año) hasta que los pollitos supieran volar y pudieran salvarse.
(Os contaré el desenlace cuando lo sepa. Ojalá que esta vez tengan suerte)
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Mayo 23rd, 2008 at 5:58 pm
La falta de sensibilidad de algunas personas es incomprensible. ¡Qué daño hacen las pobres golondrinas! ¿Manchan un poco el suelo? Eso se arregla con un escobazo y además es incomparable a la hermosura de su vuelo y a la inyección de vida y renovación que nos transmiten. Como diría Obelix, ¡están locos estos romanos!