El delito de ser pobre

Hace unos días abrí la ventana. No sé si alguien se ha dado cuenta de que estoy aquí, más agazapada que asomada, queriendo ver la vida desde mi atalaya. Queriendo también contar las múltiples cosas bellas que se ven por esta hendidura en la piedra: lo bien que le sienta la lluvia a esta tierra maltratada por la sequía, los innumerables matices de verde que existen cuando la primavera viene generosa, … u otras muy diferentes, por ejemplo, que me gusta que la ciudad se adorne (hoy he visto la escultura de Orensanz recién colocada en la entrada del World Trade Center de Zaragoza y me ha gustado).
Pero desde mi posición, también me llegan los ecos, las conversaciones y los ruidos de fuera, y me sacan de mi contemplación para llevarme otra vez al pesimismo. No puede ser de otra manera para mí que siempre había creído que ser pobre era una desgracia, o una consecuencia de una vida disipada o, para la inmensa mayoría, una injusticia secular. Pero ahora escucho que es un delito. ¡El delito de ser pobre! Y, en consecuencia, más delito todavía querer dejar de serlo, aspirar a una vida mejor e ir a buscarla en algún otro lugar de este mundo ¿globalizado?.
Y yo que pensaba que el delito estaba en la acumulación de riqueza, en la falta de solidaridad, en la frívola exhibición del lujo, en el consumo desenfrenado y la expoliación de los recursos, … En realidad, lo sigo pensando.
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