Y es que cuando uno se acercaba a tomar una copa al “Fantasma de los ojos azules” en Zaragoza, percibía desde el primer momento (esos bichitos de la portada del disco “El escarabajo más grande de Europa” que estaban en la puerta) un halo de magia que se captaba en el bar, con esos juguetes tirados por el suelo y la gente sentada tranquilamente, sin parecer percatarse de la historia que llevaban bajo el hombro los responsables del lugar.
No sé si Zaragoza se presta a ello, pero es una ciudad muy dada a crear, en un universo paralelo a la gran masa, unos nombres y unos bares muy curiosos. Ahí estaba el citado “El fantasma de los ojos azules”, “La lata de las bombillas”, “La caja de los hilos”…y así, sólo hacía falta pasear por sus calles para sentir el veraz y nada impostado gesto que han creado los habitantes de esa ciudad. El de sentir ese pop de melodías sencillas, con letras cotidianas, a veces con un tono de amargura que las hacía, si cabe, más verdaderas. Una vez, que tuve la oportunidad de charlar vía telefónica con Sergio, así me lo comentaba.


