Los Jueves por la tarde
las visitas acudían a casa
como viejas gaviotas fatigadas.
Mamá nos preparaba, engalanados,
para los turbios besos
de las viejas visitas desdentadas.
Con nuestros escapularios
de la Virgen del Carmen
y engominados a tope nuestros cabellos
las tardes nos parecían
una tortura insoportable.
Durante mas de una hora
chismorreaban con grititos engalanados
y al salir, creyentes ellas,
besaban las Vírgenes
de nuestros escapularios.
Mi hermano comenzaba a llorar
y un agrio olor a luto
reverdecia por todas
las estancias oscuras de la casa