La juventud donostiarra se divide en dos bandos bien diferenciados: los pijos (también llamados por un periodista local “ñoñostiarras”) y los alternativos. Esto sucede así desde hace décadas, y los adultos que habitan esa ciudad maravillosa son también herederos de esas dos tendencias, atenuadas según los poderes adquisitivos de cada cual. Aún hay un tercer grupo: los que no somos oriundos, pero sus incontables atractivos nos atraparon para siempre. Atractivos que residen en ese proceso que ha sufrido la urbe durante los dos últimos siglos: de balneario de la aristocracia a joya cuidadísima para disfrute de todos. El pueblo (hipercrítico allí, sea del bando que sea) ha hecho suyos los jardines de los palacios, la playa, el puerto, el antiguo casino (hoy ayuntamiento), las calles. Un ejemplo único de puesta a disposición de la ciudadanía del lujo que ofrece la unión de un conjunto natural irrepetible con un concepto urbanístico que lo acuna hasta convertirlo en un sueño.

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