











El fiero león, animal símbolo de Zaragoza que aparece en su escudo, en escultura al pie del monumento a Alfonso I en el Parque Grande; la torre de la Catedral del Salvador o de la Seo; la estatua de César Augusto, fundador de la ciudad, regalada por Mussolini; la torre a modo de faro de la antigua Feria de Muestras, hoy sede de la Cámara de Comercio; el Obelisco de la plaza de Europa, símbolo fálico como la columna o Pilar donde se asienta la talla de la Virgen; la estatua de San Valero, patrón de Zaragoza, de Pablo Serrano, junto a la puerta de la Casa Consistorial; una de las torres de la Basílica del Pilar, que tiene rango de Catedral como la Seo; la estatua de Alfonso I el Batallador, rey conquistador de Zaragoza, levantada en el Cabezo de Buenavista; la torre mudéjar de la Iglesia de la Magdalena; el monumento al Justicia Juan de Lanuza, decapitado por Felipe II para demostrar qué leyes eran las aplicables, si las de Madrid o las de Aragón; el torreón de la Zuda, reconstrucción de uno de los muchos de la muralla romana del siglo IV que rodeó la ciudad; la Fuente de la Princesa o de Neptuno, primera que surtió de agua con canalización al centro, hoy sita en el Parque Grande; y la torre de comunicaciones de la Compañía Telefónica, popularmente el Pirulí, en la zona de expansión que simboliza el futuro de la urbe.

Estas trece muestras icónicas sirven de resumen cultural, artístico, histórico, comercial, tecnológico -y humano al fin- de lo que la ciudad fue, es y será. Aparecen en las respectivas portadas de las Crónicas de Zaragoza de Antonio Beltrán, de 1998 a 2004, editadas por el Ayuntamiento. Como las últimas crónicas anteriores se publicaron en 1960 (Blasco Ijazo), habrá que esperar seguramente otros 38 años para saber cuáles son los restantes iconos y sucedidos recopilados.

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