El as de Salduie

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Durante mucho tiempo se creyó que el nombre prerromano de Caesaraugusta -luego Saraqusta y hoy Zaragoza- había sido Salduba. Ello fue debido a que el sabio romano Plinio romanizó el ibero Salduie por Salduvia, y los copistas que reprodujeron sus escritos optaron por escribir Salduba, creyéndolo en un error, teniendo en cuenta que en el mismo texto se hacía referencia a una Sálduba cercana a Málaga (pronunciada entonces así, esdrújula).

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El testimonio más evidente del nombre correcto del enclave ibero lo dan las monedas. La llamada “hispánica”, del tipo extendido por buena parte de la península, con la cabeza de un hombre de perfil en el anverso y un guerrero a caballo en el reverso, tenía al pie el nombre de la entidad política emisora. La que incluye el nombre de la antigua Zaragoza es un as de Salduie. Un as es una moneda de cobre, la décima parte de un denario (de plata). Algo así como una actual moneda de diez céntimos respecto a un euro (pero mucho más caro el as, claro, que entonces no había billetes).

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La lengua escrita ibera incluye signos que representan el sonido de letras aisladas, como la nuestra, pero también otros que son la traslación de sílabas. En el As de Salduie aparecen seis signos: S-A-L-DU-I-E (pronúnciese “Salduye”). Como la palabra descansa en una línea horizontal, han tenido que poner una rayica al pie de DU para distinguirlo de la L anterior. La elección del sonido DU en vez del TU (que daría Saltuie) viene dada por la explicación de los lingüistas de su evolución posterior (los romanos hablaban de los saluitanos y no de los saltuitanos).

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Hoy aquel enclave ibero que bañó el Ebro durante cinco siglos sigue denominándose Salduba en numerosas asociaciones, comercios, marcas e incluso en el callejero oficial de la ciudad: la vía que va de Echegaray y Caballero a las escaleras que suben a la Plaza San Antón, pasando entre San Juan de los Panetes y la trasera de la Fuente de la Hispanidad, en la Plaza del Pilar: calle Salduba (por cierto, que en su número 8 se conserva una interesante puerta).

Oficios zaragozanos perdidos

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Según Antonio Beltrán en su libro “Zaragoza. Calles con Historia” (1999),

En 1601, las cofradías o gremios que agrupaban a sus componentes en calles o plazas eran, entre otros, zapateros y chapineros, cerrajeros, corredores de aceite, colchoneros, freneros, agujeros y puñaleros, libreros, herreros, cereros y confiteros, tejedores de lana y lino, manteros, corredores de ropa, zurradores, tintureros, pelaires, mesoneros, tejedores de algodón, veleros, plateros, blanqueros, sastres, bordadores, sombrereros, torcedores de seda, esparteñeros y sogueros, velluteros, calceteros, guanteros, carreteros y cocheros, caldereros, silleros y guarnicioneros, pintores, guadamecileros y batihojas, albarderos, cesteros y naiperos. Al salir los moriscos, la ciudad se quedó sin alfareros.

Como muchos de los oficios que se nombran en esta lista no perviven hoy en Zaragoza, algunas de las palabras puede no ser comprendida. Así que aquí van unas cuantas aclaraciones, dando por sentado que el significado de zapatero, cerrajero, puñalero, herrero, confitero, tejedor, mantero, mesonero, platero, sastre, bordador, sombrerero, guantero, carretero, cochero, sillero, pintor, cestero y alfarero es de todos conocido, o al menos imaginado. Las he puesto por orden alfabético, a modo de pequeño diccionario de oficios zaragozanos perdidos. Y de paso he añadido algunos más: por un lado alcahuetas, nigromantes, comadronas, hechiceras y saludadores (términos recogidos en los estudios de María Tausiet) y por otro aguadores, arcedianos y broqueleros, presentes todavía en los nombres de tres calles zaragozanas. La lista no pretende ser exhaustiva. Sólo la he confeccionado a modo de muestra curiosa.

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Aguador. Persona que distribuye y vende el agua en recipientes.

Agujero. Fabricante o vendedor de agujas.

Albardero. Fabricante o vendedor de albardas, aparejos de caballería.

Alcahueta. Persona que concierta una relación amorosa. Oficio comúnmente realizado por mujeres y asociado a la hechicería.

Arcediano. Cargo eclesiástico asociado a una catedral, dependiente del arzobispo.

Batihoja. Artífice que a golpes de mazo labra metales, reduciéndolos a láminas.

Blanquero. Enjalbegador, el que blanquea las paredes con cal, yeso o tierra blanca.

Broquelero. En origen, quien confecciona broqueles o pequeños escudos. En Zaragoza, denominación de ciertos campesinos que con ayuda de espadas y broqueles reprimieron el motín del pan de 1776.

Calcetero. Confeccionador de calzas, prenda de vestir que cubre las piernas.

Calderero. El que hace calderas y calderos, recipientes metálicos para cocinar.

Cerero. Quien adapta para su uso o vende la cera.

Chapinero. El que hace o vende chapines: chanclos de corcho, forrados de cordobán, muy usados en tiempos por las mujeres. Un chanclo es una sandalia; y el cordobán, piel de cabra.

Colchonero. En principio, el que hace y/o vende colchones. Pero es un oficio que hasta hace bien poco incluía también varear, es decir, sacar el contenido del colchón (hebras de lana) y sacudirlo al aire repetidamente con un palo hasta que se ahuecaba.

Comadrona. Persona que asiste a las parturientas. Casi siempre mujer. Asociado a la hechicería.

Corredor. El que comercia por cuenta de otro. En el párrafo aparecen los del aceite y los de la ropa.

Esparteñero. Alpargatero, persona que hace o vende esparteñas o alpargatas, calzado de lona con suela de esparto o cáñamo.

Frenero. Fabricante o vendedor de frenos para caballerías.

Guadamecilero. Persona que elabora guadamecíes o guadamacíes, objetos de cuero adornados con dibujos de pintura o relieve labrado o repujado.

Guarnicionero. QUien trabaja con el cuero.

Hechicera. Que practica la hechicería, arte de modificar los hechos mediante conjuros. Generalmente mujeres, con el fin de provocar suerte amorosa. Asociado a la alcahuetería.

Librero. Encuadernador.

Naipero. El que confecciona cartas de juego o naipes.

Nigromante. El que ejerce de adivino invocando a los muertos y al diablo. Generalmente varones, con el fin de encontrar tesoros ocultos.

Pelaire. Encargado de preparar la lana que ha de tejerse.

Saludador. Persona que se dedica a curar enfermedades mediante rituales. Cierto tipo de curandero, el que ejerce prácticas curativas al margen de la medicina oficial.

Soguero. Fabricanto o vendedor de sogas, cuerdas gruesas de esparto.

Tinturero. Tintor, el que tiene por oficio teñir.

Torcedor. Hilador, que reduce a hilo el cáñamo, el lino, la lana, el algodón, la seda, etc.

Velero. El que hace velas o las vende.

Vellutero. Quien trabaja en seda, especialmete en felpa: tejido con pelo o vello.

Zurrador. Curtidor, el que quita los pelos y prepara las pieles para su uso.

El antiguo puente sobre el Huerva y la Operación Cuarteles de Zaragoza

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En mi documental Compresas y tabaco (2005), aparecen imágenes de las piedras que aún quedan -abandonadas- del antiguo puente sobre el Huerva en la actual calle del Asalto, frente a la salida de la del Heroísmo, donde estaba la Puerta Quemada. En 1855, cuando se construyó el denominado Puente de San José, actual inicio de la calle Miguel Servet, aquel puente del siglo XVI* fue demolido. En sus inmediaciones hay hoy una pasarela peatonal con suelo de madera. Al pasar el río, uno se encontraba con el Cuartel de Intendencia (ex Penal de San José), que luego fue solar abandonado, después canódromo y hoy Parque de Villafeliche.

La parte de los terrenos del Ministerio de Defensa que hoy ocupa la Avenida de las Torres desde su cruce con Miguel Servet en dirección al puente de Las Fuentes (antigua calle Conde Alperche, junto al solar del antiguo Convento de Carmelitas Descalzos de San José, después Fuerte de San José), fue enajenada por el Ayuntamiento de Zaragoza mediante la llamada Operación Cuarteles, que se proyectó en 1978 y consistía en aprovechar antiguos solares militares para usos civiles.

El grueso de aquella Operación Cuarteles (lamentablemente prostituida en gran parte: zonas verdes proyectadas vieron crecer inmensos edificios) se produjo a inicios de los ochenta y los socialistas aragoneses siempre se han mostrado orgullosos del histórico proceso. Pero un documento muy interesante nos certifica que la idea partió del Ayuntamiento de Mariano Horno Liria, alcalde franquista de 1970 a 1979. Aquí podemos leer cómo el entonces Consejero de Obras Públicas y Urbanismo de la Diputación General de Aragón, Ramón Sáinz de Varanda, decreta la paralización de la Operación Cuarteles (iniciada en 1973), para su supervisión por parte del Gobierno de Aragón, entonces presidido por el infausto Juan Antonio Bolea Foradada.

Al año siguiente, 1979, Sáinz de Varanda gana las elecciones municipales, y como alcalde impulsa esa Operación que ¿paralizó? desde su cargo anterior.

*El puente sobre el río Huerva al que hacemos alusión fue construido en 1575 por el arquitecto Juan de Landerri, según el Diccionario Histórico de Arquitectos en Aragón, de Jesús Martínez Verón. Agradezco el dato a Luis Miguel Ortego.

Praga trágica

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Al mismo tiempo que cientos de veraneantes se agolpan ante el reloj de la torre del ayuntamiento de la Ciudad Vieja para ver cómo desfilan los doce apóstoles de Cristo, un ejército de musculistas forrados de negro y con el pelo al cero, guardan los antros donde se lava el dinero procedente de las actividades mafiosas. Las redes organizadas, casi siempre extranjeras, casi siempre de los países más pobres de la antigua URSS, escupen de vez en cuando algún muerto a los baldosines relucientes. Delante del teatro donde Mozart estrenó Don Giovanni, un gitano gordo llora por teléfono móvil el cadáver aún sin cubrir de su hermano, mientras los omnipresentes policías acordonan la zona en silencio.

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Arnaldo de Villanueva

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En castellano, Arnaldo Villanova, Arnaldo de Villanova y Arnaldo de Villanueva.
En catalán, Arnau de Vilanova.
Latinizado, Arnoldus –y Arnaldus- Villanovanus.

Aragonés de nacimiento, aunque se le han atribuido otras procedencias: francés, catalán, valenciano, italiano…

LOS DAÑOS DE LAS RELACIONES SEXUALES DEMASIADO FRECUENTES.- Si fuera inmoderado y del mismo modo trabajoso y demasiado frecuente [la relación sexual], casi forzado, produce sequedad en el cuerpo por la inanición, especialmente en la parte delantera del cerebro. Además, el movimiento calienta el cuerpo con un calor extraño, sobre todo el corazón, hígado y cerebro, los riñones, los lomos y las articulaciones. El cuerpo se llena de vapores malos y fétidos. Por el movimiento, la inanición y el placer que se produce se disuelven los espíritus y el calor natural y por eso enfría; y de esto se siguen muchos daños, como el temblor en los miembros, la debilidad en la digestión por la impotencia del estómago, la consunción en los ojos y la humedad radical, debilidad de la vista y muchas otras cosas.

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Ver también Arnau de Vilanova y su fórmula para crear oro

Estilos de música popular en la segunda mitad del siglo XX

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La música popular es, en un sentido amplio, la que no se encuadra en la denominación de clásica o culta (que incluiría también la música contemporánea y el minimalismo). Proviene de la música llamada tradicional o folclórica, cuyos ritmos comparte o adapta. Su vehículo habitual son las canciones populares, derivación tanto de las canciones de la música culta como de las de la tradicional. También se expresa, en menor medida, a través de la música instrumental.

Durante la primera mitad del siglo XX, la música popular se puede asimilar a la tradicional, hasta la llegada del rock and roll estadounidense. A partir de entonces, este ritmo influye decisivamente en el desarrollo del concepto de música popular y ésta se pasa a definir como pop, término que ha acabado diferenciándose del rock o de la canción melódica, estableciéndose nuevas fronteras entre los distintos géneros musicales.

Paralelamente, y sobre todo en los países latinoamericanos, los ritmos de la música tradicional han ido evolucionando, hasta convertirse en un nuevo modo de música popular, la canción melódica, con sus intérpretes famosos y su difusión en los medios de comunicación de masas.

Por otro lado, la tradición de los trovadores europeos ha hallado su continuación en la llamada canción de autor (en Francia, “chanson”), cuyo paralelismo en los Estados Unidos sería la canción folk rock.

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María Tausiet

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Doctora en Historia por la Universidad de Zaragoza (1997), su investigación se ha centrado en el estudio de la brujería, la posesión demoníaca y otros fenómenos englobados bajo el término superstición. Muy interesada por los conflictos religiosos en la Edad Moderna, ha estudiado también otros aspectos ligados a la Contrarreforma, como la excomunión, la resistencia a la confesión, el purgatorio o el llamado “don de lágrimas”. En la actualidad prepara varios trabajos en torno a la magia urbana, la alquimia y el concepto de locura en los siglos XVI y XVII.

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Caries. El mágico mundo de colores. Un reportaje sobre el municipio de La Muela (Zaragoza)

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En el siglo XII este lugar se denominaba “La Muela de Garrapinillos”, es decir, el monte del término municipal de Garrapinillos, actualmente una población cercana. Por lo tanto, se trataba de una aldea vinculada al señorío de Zaragoza. Pronto será una simpática caries en la dentadura de Aragón.

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El Papa Luna, de cráneo

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Urna con el cráneo del Papa Luna

“Para castigo del orgullo del Papa Luna, algún día, con su cabeza jugarán los niños a modo de pelota.”
San Vicente Ferrer

La villa de Illueca (Zaragoza), con 3.500 habitantes, exhibe restaurado el castillo en el que nació en 1328 Pedro Martínez de Luna en el seno de una de las familias de más rancio linaje de la nobleza aragonesa.

Fue cardenal de Aragón y elegido Papa en Avignon con el nombre de Benedicto XIII. Inmerso en el Cisma Religioso de Occidente (compartiendo papado con otros dos cardenales), vivió sus últimos días retirado en el castillo de Peñíscola (Castellón), población que presume de ser una de las tres únicas sedes pontificias en el mundo (además de Roma y Avignon). Hasta el final, defendió su carácter de Papa, pese a que oficialmente le fue retirada esa consideración y fue excomulgado. De ahí la famosa frase que se atribuye al carácter aragonés: “Seguir en sus trece”.

Casi solo, murió en Peñíscola el 29 de noviembre de 1422, a los 95 años, donde fue sepultado y su cuerpo embalsamado fue conservado intacto. Más tarde sus restos fueron llevados a su castillo natal, en Illueca.

Allí permaneció dentro de una urna, venerado por el pueblo como un santo, hasta mediados del siglo XVI. Entonces un sacerdote italiano llamado Juan Porro, que estaba de visita por catedrales aragonesas, se acercó hasta Illueca enterado de la adoración herética y destrozó la urna con su cayado. El arzobispo de Zaragoza ordenó clausurar el oratorio.

A principios del siglo XVIII, tropas francesas del que sería después Felipe V asaltaron el castillo, en el marco de la Guerra de Sucesión (entre Austrias y Borbones). Los descendientes de la familia Luna eran partidarios del bando austriaco, como todos los nobles de la Corona de Aragón. Según la tradición, los franceses separaron a culatazos la cabeza del cuerpo del cadáver en represalia por la escasez de oro encontrada en el recinto, y arrojaron su cuerpo al río Aranda.

Sólo pudo pues conservarse la calavera, que pasó a manos de la familia Luna. Vicente Blasco Ibáñez cuenta todos estos avatares en su novela histórica “El Papa del mar”.

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El Apocalipsis

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Durante la etapa de predicación de la nueva doctrina, basada entre otras cosas en amar a los demás como a uno mismo, pero manteniendo el antiguo mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas, o sea más todavía, Jesús fichó a doce hombres para que le acompañasen en esas lides. Son los doce apóstoles. Uno de ellos se llamaba Juan y era su favorito. Cuando Jesús ya se había ido al Cielo, los doce predicaron sus doctrinas por todo el mundo conocido y fueron captando nuevos adeptos al Cristianismo. Algunos, como Juan, escribieron la vida de Jesús y sus sermones, en unos libros llamados Evangelios. Estos libros y las andanzas de los apóstoles se añadieron a la antigua Biblia judía, llamándose Nuevo Testamento. Para acabar de arreglar el nuevo entramado doctrinal, Juan escribió el Apocalipsis (revelación), última añadidura a las Sagradas Escrituras, en el que se contaba lo que iba a suceder después de la venida de Cristo a la Tierra. Y esto es lo que sigue, dictado directamente por Jesucristo a San Juan Evangelista en su destierro en Grecia.

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